Orígenes: El habla de los hombres y mujeres andaluces fue el punto de arranque y base fundamental del español hablado en Canarias (de allí proceden apellidos isleños como
Cabrera, Camacho, León, Martel, Mesa, Morales, Negrín, Padilla, Palenzuela, Sánchez, Vera, etc.) , que se establecieron en las islas para que se perpetuasen en ellas sus primeros conquistadores y señores territoriales europeos como Jean de Bethencourt, el Conde de Niebla, Guillén Peraza, Guillén de las Casas, Diego García de Herrera, Pedro Hernández de Saavedra, Juan Rejón, Pedro de Vera, Alonso Fernández de Lugo, etc., desde principios del S.XV, en que se ocuparon las que se denominaron “islas del señorío” (Lanzarote, Fuerteventura, El Hierro y La Gomera) hasta finales de ese mismo siglo en que se ocuparon y conquistaron las que se denominarían “islas de realengo” (Gran Canaria, La Palma y Tenerife). Este habla procedente del reino de Sevilla presentaba unos rasgos léxicos, fonéticos y gramaticales particulares que la diferenciaban del habla usada en el centro-norte peninsular.
Gramática: El plano gramatical se caracterizaba por la conservación de determinadas formas y construcciones ya desaparecidas o en proceso de desaparición del español septentrional. Así, en la morfología nominal, predominan los sufijos -ito e -illo (frente a -ico e -ín), como pone de manifiesto la vieja toponimia de las islas, plagada de diminutivos como Las Caletillas, La Atalayita, El Cotillo, Barranquillo, La Rajita, etc.
En el ámbito verbal, el llamado pretérito indefinido (comí, canté, bebí) se usaba para expresar acciones pasadas en general, tanto remotas como inmediatas o recientes, en tanto que el pretérito perfecto (he comido, he cantado, he bebido) se empleaba exclusivamente para expresar acciones durativas o reiteradas que se prolongan hasta el presente. Para el pretérito imperfecto de subjuntivo, se prefería la forma en -ra (saliera, viniera…), en contra de la norma septentrional, que prefería la forma en -se (saliese, viniese…).
A nivel sintáctico, se mantenía la costumbre de posponer al núcleo verbal los pronombres complementarios (lo, le, se, me, nos, te, vos) (díceme, márchase, voyme…), frente a la norma septentrional, donde empezaba a apuntar el hábito de ubicarlos antes del término nuclear. En combinación con el pronombre cuantitativo más, los indefinidos existenciales negativos nadie, nunca, nada solían aparecer en segundo lugar (más nunca, más nada, más nadie), y no en primer lugar (nunca más, nada más, nadie más), como exigía la norma central.
Vocabulario: En el plano léxico destacaba, por encima de todo, la conservación de determiandas voces (
rejertear ‘discutir airadamente’,
bezo ‘labio’,
alongar ‘alargar’,
bernegal ’tinaja’,
liviano ‘leve’,
abaldonar ‘abandonar’,
aguaitar ‘acechar’,
ajuiciar ’incitar’,
turbón ‘aguacero violento con viento’,
parar ’poner de pie’,
embazar ‘quedarse sin aliento’, etc.) desaparecidas ya o en peligro de desaparecer en la forma moderna del idioma, y el predominio de un vocabulario campesino (
barcina ‘red de mallas anchas para transportar grano o paja en el camello’,
tetera ‘pezonera’,
toril ‘corral para guardar el ganado’,
eriazo ‘terreno erial’,
gárgola ‘vaina del garbanzo’,
cangalla ‘instrumento para transportar los haces a lomo’…) y de la vida doméstica (
afrecho ’salvado’,
geremiquear ‘lloriquear’,
embelesarse ‘ adormecerse’,
chícharo ‘guisante’,
blanquizal ‘ terreno calizo’,
blandura ‘relente, rocío’…) y de ciertas frases hechas (
meter las cabras en el corral a alguien ‘ asustarlo’,
estar más flaco que un cangallo ‘ estar muy flaco’…) propiamente andaluzas.
Formación: Sobre esta modalidad lingüística hispánica profundamente conservadora, van a empezar a ejercer inmediatamente una influencia más o menos intensa, según los casos, las hablas y lenguas del resto de regiones implicadas en la formación de la sociedad hispano-canaria. Como es lógico, esta influencia lingüística afectaba sobre todo al plano léxico, que es el más permeable al préstamo lingüístico, y en menor medida a los planos fónico y gramatical.
Influencia francesa: Primero, mentar la influencia que ejerció el francés hablado por el grupo de soldados y agricultores franco-normandos (apellidados Dampierre, Proudhomme, Meilland, Bethencourt, Armes, Maréchal, Verrier…, de donde proceden con toda probabilidad los actuales apellidos canarios Umpiérrez, Perdomo, Melián, Betancor, Armas, Marichal, Berriel, etc.) que se establecieron con Jean de Bethencourt. Aunque se trata de un grupo humano que se castellanizó muy pronto, es bastante probable que, antes de hacerlo, traspasaran al español isleño elementos de su vocabulario de referencia, como chardon ‘determinada planta de hojas espinosas’, marette ‘pantano’, mouvais pays ‘terreno volcánico’, feble ‘de poca consistencia, fofo’, ‘flojo’, pageot ‘aligote’, alchanne ‘planta herbácea de cuyas raíces se extrae tinte rojo’, etc., probable origen de las voces canarias tradicionales cardón ‘especie de lechetrezna’, mareta ‘hondonada grande hecha en el terreno para recoger el agua de lluvia’, malpaís ‘terreno volcánico’, finfle ‘de poca consistencia’, fofo ‘flojo’, payete ‘pajel cuando es pequeño’ y alicán ‘planta herbácea de cuyas raíces se extrae tinte rojo’. El proceso de adaptación no tuvo que ser muy complicado ya que se trata de voces de una lengua de la misma familia que la lengua que las acogió con patrones fónicos, gramaticales y léxicos muy parecidos a los de la lengua española que trajeron a las islas los primeros peninsulares que las habitaron.
Influencia guanche: En segundo lugar, ejercieron cierta influencia las lenguas (sin duda alguna, de la familia camito-bereber, como pone de manifiesto la misma estructura gramatical de los restos guanches en el habla insular) que hablaba la población aborigen de las islas al tiempo de la llegada de los castellanos.
Antes de ser “absorbida” por la nueva masa poblacional europea, esta población sometida (de donde proceden los viejos apellidos canarios como Bencomo, Guanche, Chinea, Tacoronte, etc., y antropónimos como Doramas, Guayarmina, Dácil, Guacimara, Nauset…), en principio mucho más numerosa que aquélla, traspasó al habla de los nuevos pobladores una serie de nombres comunes referidos sobre todo a la actividad ganadera (baifo ‘cría de la cabra’, jaira ‘cabra doméstica’, beletén ‘leche que da la cabra los primeros días después de parida, calostro’, tafor ‘ídem’, tajorase ‘macho cabrío joven que todavía no puede cubrir a la cabra’, guanil ‘animal que no tiene marca’, puipana ’se dice de la cabra de color blanco con manchas canelas, o a la inversa’, gambuesa ‘corral grande de piedra para recoger el ganado de suelta’, ambracásaca ’se dice de la res de color canelosa salpicada de lunares blancos’, etc.), a la flora (tabaiba ‘determinado arbusto euforbiáceo’, mocán ‘especie arbórea’, tajinaste ‘especie de arbusto borragináceo’, tagasaste ‘especie de arbusto leguminoso’, etc) a la fauna (perinquén ‘especie de salamanquesa’, guirre ‘alimoche’, tamasma ‘aguzanieves’, etc) a la vida doméstica (gofio ‘harina gruesa de grano tostado’, tafeña ‘millo o trigo tostado que se come en grano’, pírgano ‘tallo de la hoja de la palmera’, tenique ‘cada una de las piedras del hogar’, gánigo ‘vasija de barro de forma semiesférica’, tofio ‘ vasija de barro con punta acanalada’, etc.) y un número mucho mayor de topónimos (Tacoronte, Tejeda, Telde, Tuineje, Tindaya, Taburiente, Tazacorte, Tamaimo, Teguise, Yaiza, Chipude, Tiagua, Icod, Taganana, Teror, Tefía, Orotava, etc.).
El hecho de pertenecer a un sitema lingüístico totalmente distinto determinó que en muchos casos se produjeran tales reajustes fónicos, léxicos y gramaticales para adaptarse a la lengua española, que resulta prácticamente imposible determinar su verdadero origen en las lenguas bereberes. Es lo que sucede con baifo, tajorase, gambuesa, tamasma, etc. En otras ocasiones, por contra, los parelelismos son más evidentes, como ocurre en los casos de los guanchismos tagoror, guirre, tajinaste, time, tenique, etc relacionados con las voces bereberes tagrut ‘patio, cercado, redil’, igider ‘alimoche’, tainast ‘especie de planta borraginácea’, timmi ‘acantilado, frente de una montaña’, inek ‘piedra del hogar’, respectivamente.