Viernes , Abril 3, 2009
La Música en Canarias – Música Clásica
La incursión musical de Canarias en la cultura europea tiene lugar inmediatamente después de la conquista, a través del baile el canario y las endechas de Canarias, de presunto origen judaico aunque reelaboradas en las islas, que fueron asumidas por los más afamados instrumentistas y teóricos musicales del momento.
La creatividad musical constituye un destacado capítulo de la cultura canaria.
La Catedral de Las Palmas de Gran Canaria fue el primer centro de producción musical de relevancia de las islas. Destacan los canarios Ambrosio López, del que se conserva un salmo polifónico, y Bartolomé Cairasco de Figueroa, cuyo talento poético era muy reconocido. En torno a estos dos artistas se desarrolla una época dorada de la actividad musical en Canarias. La producción de los siglos XVII, XVIII y XIX que se conserva en el archivo de la Catedral de Las Palmas sobrepasa las dos mil piezas, en su mayoría de gran calidad artística, minuciosamente catalogada por Lola de la Torre. Hay que destacar la presencia de obras de grandes músicos españoles de los siglos XVII al XVIII, como Morales, Guerrero, Lobo, Aguilera, López de Velasco, Patiño, Capitán, Xuárez, Rodríguez de Hita, Literes, Sebastián Durón, José de Nebra, Mir, Misón, Francés de Iribarren, Fabián García, Mencia, etc. De los compositores extranjeros destaca la obra que se conserva del gran maestro portugués del S. XVII Juan Soares Rebelo, y algunas muestras manuscritas de considerable antigüedad de obras de C. Ph. E. Bach, Haydn, G.B. San Martino, etc.
Desde fines del S XVIII se inicia una actividad musical ciudadana apoyada por ciertos sectores de la burguesía y por los propios músicos de la iglesia de la Concepción de La Laguna y de la catedral de Las Palmas; actividad creciente que culminaría, bien entrado el siglo XIX, con la aparición en el Archipiélago de las dos Sociedades Filarmónicas más antiguas de España. Este hecho ocurriría gracias a al afluencia a Canarias de maestros de gran talla. Huyendo de la invasión napoleónica, procedente de la corte portuguesa, llega a Las Palmas el compositor madrileño José Palomino, quien dejó una profunda huella musical, tanto a nivel eclesiástico (responsorios de Navidad) como profano (minuetos y sonatas para piano). Al poco tiempo llega a Gran Canaria el siciliano Benito Lentini, quien no tardó en vincularse a la catedral, para la cual compuso numerosas obras vocales e instrumentales de gran efecto y con calidades rossinianas que eclipsaron la producción de los maestros sucesores de Palomino, Joaquín Núñez y Manuel Jurado Bustamante.
La preocupación en las islas por lograr una continuidad musical se concreta durante los años treinta y cuarenta del siglo XIX en el proyecto frustrado de formar en el exterior a jóvenes músicos de gran talento. Es el caso del tinerfeño Eugenio Domínguez Guillén, cuyo próspero porvenir quedó truncado por una muerte prematura, tras realizar estudios en Madrid y Nápoles. En Las Palmas, al morir en 1846 los dos pilares del movimiento musical ciudadano Benito Lentini y Cristóbla José Millares, se crea una suscripción pública para enviar al conservatorio de Madrid al nieto de este último, Agustín Millares Torres (1826-1896), joven de inteligencia extraordinaria. Allí estudia composición con Carnicer, además de violín, piano, arpa y canto. De regreso a Las Palmas desarrolló gran labor como compositor y director orquestal, reorganizando incluso la Sociedad Filarmónica. Pero pronto fue derivando hacia otras actividades literarias y eruditas más compatibles con su profesión de notario, destacando como novelista e historiador. La filarmónica de Las Palmas se reorganizó en 1866 con el inolvidable maestro Rodríguez y Molina, hasta que en 1878 fue contratado en Madrid un joven discípulo de Arrieta, el aragonés Bernardino Valle (1850-1928). Dejó una copiosísima producción musical, entre la que destaca su cantata sobre el descubrimiento de América, que fue Premio Nacional de Música en 1892.
No podemos pasar por alto la figura de los tinerfeños Domingo Crisanto Delgado, organista emigrado a Puerto Rico, donde su fama perdura, y Teobaldo Power (1848-1884), quien se trasladó a Barcelona para formarse como pianista y compositor, y posteriormente a París, destacando como creador de obras sinfónicas y dramáticas. Durante una de sus estancias en Tenerife compuso los Cantos Canarios, pieza angular de la música en el archipiélago en aquella épocay aún vigente en el repertorio sinfónico insular. Tanto Millares y Power como Valle cultivaron la lírica teatral. Pero mientras las óperas y zarzuelas de Millares se inspiran en temas literarios puramente románticos, el contorno geográfico y humano irá invadiendo la producción lírica de los compositores insulares, como ocurre en las obras escénicas de Valle y Santiago Tejera en Las Palmas (recordemos las zarzuelas Folías Tristes y La HIja del mestre) y, luego en Tenerife, con Reyes Bartlet, Delgado Herrera o Álvarez García. Otro compositor grancanario más sofisticado, Andrés García de la Torre, logra estrenar en Milán una ópera, Rosella, cuya partitura fue impresa allí por la casa Fantuzzi.
También a principios de siglo destaca la familia Santos en La Palma; Elías Santos Abreu compuso valses, mazurcas y zarzuelas y creó las primeras Danzas de los Enanos.
Esta actividad se prolonga hasta los años treinta en que se ve frenada por la guerra civil española. El cambio de siglo había tenido durante largos años el aliciente de las reitereadas estancis en Gran Canaria de Camilo Saint Saens, quien participó ctivamente en la vida musical isleña: se recuerdan aún sus conocidas obras para pieno, Las campanas de Las Palmas y El vlas canariote. Fue aquélla una época fecunda, dada la simultánea proliferación de intérpretes canarios de la talla del barítono Néstor de la Torre, el violinista José Avellaneda, o de guitarristas como Víctor Doreste, Carmelo Cabral, Ignacio Rodríguez, etc.
La Segunda Mitad del Siglo XX
Tras la guerra civil hubo que partir casi de cero. Vuelven a reorganizarse las Sociedades Filarmónicas en los años cuarenta, cosa que fue menos laboriosa en Tenerife debido a la ininterrumpida labor del compositor y directos insular Santiago Sabina; mientras que en Gran Canaria, tras un comienzo prometedor debido al entusiasmo de Miguel Benítez Inglott y a la preencia fugaz del gran maestro Obradors, hay altibajos hasta la llegada en 1951 del catalán Gabriel Rodó, violonchelista, gran director y notable compositor sinfónico. Fue el último director-compositor que pasó por Gran Canaria; a partir de él, la orquesta fue a menos, para acabar desvinculándose de la Sociedad Filarmónica. Por esta época destacan también en Las Palmas compositores guitarristas canarios, cuyo principal exponente es Francisco Alcázar, que había estudiado en Barcelona con Pujol y componía piezas morunas de difíciles ritmos y originales ideas. Junto a su más insigne discípulo, Efrén Casañas, aparece independientemente Blas Sánchez, cuyo gran homenaje a Pablo Neruda ha sido coreografiado por elementos del ballet de Maurice Béjart.
Paralelamente, aparecen nuevos lenguajes musicales que han abierto una nueva era en los últimos años. Dejando a un lado las creaciones de corte ultratradicionalista, hay que reseñar que un aventajado discípulo canario de Xavier Montsalvatge, Juan Hidalgo Cordorniú estrena a partir de 1948 en Las Palmas obras de cámara que resultaban “revolucionarias” en aquel entonces. Su obra se adelanta a los descubrimientos de los jóvenes vanguardistas madrileños y catalanes.
Las últimas décadas del siglo XX están marcadas por el altísimo nivel alcanzado por las dos orquestas sinfónicas canarias: la Sinfónica de Tenerife y la Filarmónica de Gran Canaria; sin olvidar la prolífica actividad de las orquestas de cámara en La Laguna y San Sebastián de La Gomera. También por el auge y proyección exterior de grandes intérpretes como el tenor Alfredo Kraus, la soprano María Orán, los pianistas Pedro Espinosa y Guillermo González, así como por el desarrollo de los movimientos corales y los Conservatorios Superiores de Música en Tenerife y Gran Canaria, en cuyas aulas están emergiendo grandes músicos insulares.

Bordados y Calados: En contraste con la cálida trapera que aprovecha recortes y retales, están los bordados y calados, con una ganada fama de siglos más allá de las fronteras. Los bordados palmeros, herencia de colonos de Flandes y Portugal, generaron talleres donde se diseñaron y estamparon dibujos al gusto francés con un procedimiento artesanal que en la isla se denomina “cisnado”; se bordaron con primor y sirvieron a fines litúrgicos, ajuares, uso personal y decoración. Bordados y calados han sido en este siglo la base de la artesanía canaria, cuya producción se ve envuelta en una cierta incertidumbre por la competencia de las casas de bordados de Madeira y Azores y más tarde por al llegada a las islas de contingentes de producción oriental que emula el producto canario con peores materiales, lo que les permite unos precios muchos más competitivos. Las Telas y los Hilos se han convertido en el gran problema de las labores textiles, agravado desde que por razones de dos guerras mundiales cortasen las importaciones de Irlanda, Bélgica y Alemania y aunque se han buscado nuevos proveedores sigue sin encontrarse los soportes ideales para unas labores que dependen fundamentalmente del material con que se realizan. Analizando la problemática que pesa sobre este sector, puede considerarse casi milagrosa su supervivencia; quizá la explicación más razonable se encuentre en el valor añadido del perfeccionismo de los trabajos realizados en las islas, que no han podido ser superados por otros productores. Es fácil contemplar en cualquier labor textil canaria la sencillez de los diseños, la mimada ejecución y sobre todo la cuidada elección de materiales, colorido y puntos a emplear en cada caso y que se seleccionan en función de la trayectoria del dibujo, la estética o, sencillamente por la necesidad de calado o remate que la prenda pueda exigir. Para los expertos no faltan entre estos puntos: presillas, realaces, ojetes, barras, punto de lado, granos de arroz, cadenetas…y otros puntos que proceden de distintos estilos de bordados, entre los que predomina el bordado inglés.
El Cuchillo Canario
El Oficio de Artesano: Los artesanos canarios, notables y reconocidos en cada isla, siguen realizando piezas que fueron claves en la vida cotidiana y hoy día, aunque hayan sido sustituidas por otras, perviven porque sus formas resultan particularmente estéticas, sensibles y armoniosas en su centenaria sencillez. Cada isla posee, sin haberlo pretendido, unas variantes artesanas que, por tradición, sofisticación de técnicas de ejecución o calidad, la identifican entre el conjunto de las artesanías que componen el amplio repertorio de oficios vigentes. Los oficios artesanos resumen todos los valores básicos y bondadosos que se esperan de una pieza: materiales seleccionados y tratados con técnicas heredadas, un proceso de producción honesto y un resultado genuino.
La Herencia Aborigen: Hoy se dispone de abundante información que permite una nueva aproximación a la prehistoria canaria y que nos la presenta como un sorprendente fenómeno de extraordinaria variedad cultural de cada isla. La vida cotidiana del aborigen canario ha dejado muestras de los utensilios usados en sus quehaceres diarios, siendo los gánigos o cazuelas de barro y arena los más abundantes, junto con los trabajos en piedra volcánica de molinos circulares y los trabajos realizados en palma.
El resto de los materiales se fabricaban en materiales diversos con técnicas rudimentarias, destacando los realizados en piedra, madera, arcilla, junco, palma, fibras, pieles, hueso y conchas marinas, que presentaban rasgos bien diferenciados en la forma en que se trataban, el tipo y la aplicación que de ellos se hacían, incluso entre las distintas comarcas de una misma isla.
Arte Popular: Hablar hoy de artesanía en Canarias, es hablar de arte popular, de las cosas pequeñas que hechas con amor y minuciosidad acabaron por convertirse en parte de la historia, leyenda, arte, cultura y tradiciones de una tierra singular, que lucha por conservar sus costumbres rurales y costeras donde las manufacturas artesanas aparecen con toda su pureza. Entre la herencia de los aborígenes y la aportación de todo un mosaico de pueblos, surge una variada y rica artesanía, que haciendo uso de las mismas materias primas da soluciones funcionales en cada uno de los rincones del archipiélago y que resuelve las múltiples necesidades cotidianas de una gente sencilla que reside por lo general en el ámbito rural, dónde manos hábiles y laboriosas repiten y crean con técnicas heredadas objetos que perpetúan tradiciones centenarias.
A la hora de un tratamiento riguroso de la lengua aborigen hay que tener en cuenta que nos enfrentamos a una lengua muerta. En segundo lugar, no sabemos con seguridad si existió una sola lengua común para todo el archipiélago o si hubo varias en las distintas islas. En tercer lugar, carecemos de gramáticas coetáneas ya que los colonizadores no guardaron registro alguno sobre ella. En cuarto lugar, los linguistas canarios apenas se han dedicado al estudio de la lengua indígena, de tal forma que todavía hoy la Universidad de La Laguna y la Universidad de Gran Canaria no cuentan con cátedras de bereber. Por último, sólo disponemos de unas cuantas voces guanches que no son suficientes para resolver las dudas que plantea el conjunto de una lengua.
A modo de síntesis de lo anterior señalar las principales características del español hablado en Canarias sobre el S.XV: Como ya señalamos, el origen del habla canaria se encuentra en el español que hablaban los soldados y colonos andaluces que llegaron a las islas a principios del siglo XV, para su conquista y colonización y algunas de las características más reseñables de este modo de hablar son las siguientes: A nivel fónico:
Orígenes: El habla de los hombres y mujeres andaluces fue el punto de arranque y base fundamental del español hablado en Canarias (de allí proceden apellidos isleños como Cabrera, Camacho, León, Martel, Mesa, Morales, Negrín, Padilla, Palenzuela, Sánchez, Vera, etc.) , que se establecieron en las islas para que se perpetuasen en ellas sus primeros conquistadores y señores territoriales europeos como Jean de Bethencourt, el Conde de Niebla, Guillén Peraza, Guillén de las Casas, Diego García de Herrera, Pedro Hernández de Saavedra, Juan Rejón, Pedro de Vera, Alonso Fernández de Lugo, etc., desde principios del S.XV, en que se ocuparon las que se denominaron “islas del señorío” (Lanzarote, Fuerteventura, El Hierro y La Gomera) hasta finales de ese mismo siglo en que se ocuparon y conquistaron las que se denominarían “islas de realengo” (Gran Canaria, La Palma y Tenerife). Este habla procedente del reino de Sevilla presentaba unos rasgos léxicos, fonéticos y gramaticales particulares que la diferenciaban del habla usada en el centro-norte peninsular.
Vocabulario: En el plano léxico destacaba, por encima de todo, la conservación de determiandas voces (rejertear ‘discutir airadamente’, bezo ‘labio’, alongar ‘alargar’, bernegal ’tinaja’, liviano ‘leve’, abaldonar ‘abandonar’, aguaitar ‘acechar’, ajuiciar ’incitar’, turbón ‘aguacero violento con viento’, parar ’poner de pie’, embazar ‘quedarse sin aliento’, etc.) desaparecidas ya o en peligro de desaparecer en la forma moderna del idioma, y el predominio de un vocabulario campesino (barcina ‘red de mallas anchas para transportar grano o paja en el camello’, tetera ‘pezonera’, toril ‘corral para guardar el ganado’, eriazo ‘terreno erial’, gárgola ‘vaina del garbanzo’, cangalla ‘instrumento para transportar los haces a lomo’…) y de la vida doméstica (afrecho ‘salvado’, geremiquear ‘lloriquear’, embelesarse ‘ adormecerse’, chícharo ‘guisante’, blanquizal ‘ terreno calizo’, blandura ‘relente, rocío’…) y de ciertas frases hechas (meter las cabras en el corral a alguien ‘ asustarlo’, estar más flaco que un cangallo ‘ estar muy flaco’…) propiamente andaluzas.
Existen suficientes indicios como para pensar que el ciclo solar estaba asociado al ciclo de la vida y de la muerte, pues los muertos se iban con el sol del ocaso y sus ánimas se manisfestaban al amanecer en momentos significativos como los solsticios. Los ritos funerarios tienen bastante que ver con la concepción de la muerte como un estado que podría definirse como de otra “forma de vida”.
Las sepulturas más frecuentes eran las cuevas, donde depositaban el cadáver -sin enterrar- sobre lajas, tablones, parihuelas, ramajos o algo que lo mantuviera separado del suelo. Tras esto, el recinto se sellaba con una pared de piedra, para aislarlo de posibles depredadores animales y de las inclemencias del tiempo. En las islas en que no habían cavidades naturales suficientes, se excavaban fosas en el terreno, como se ha observado en Fuerteventura, Lanzarote y La Gomera. En Gran Canaria, se usaron, además, cuevas artificiales y túmulos (especies de montículos artificiales con que era costumbre cubrir una sepultura) preislámicos norteafricanos. El más común era una simple construcción troncocónica de piedras bajo la que se ubicaba una cista del mismo material, que consiste en cuatro losas laterales y una quinta que hace de cubierta, y que era dónde se depositaba el cadáver.
La abundancia de grabados rupestres en Canarias es de sobra conocida. La mayoría de ellos se asocian a prácticas mágico-religiosas, aunque no sea la única explicación a considerar. Algunos trazos geométricos hallados en La Palma y otras islas, se han interpretado como instrumentos mágicos para favorecer la lluvia o la fecundidad: los signos podomorfos se interpretan como la presencia simbólica de los dioses…
En Gran Canaria, mediante picado, se grabaron antropomorfos masculinos, ramiformes, escritura líbico-bereber, etc. Hay triángulos púbicos tallados con diversas técnicas en el interior de cuevas artificiales. Sólo aquí existen cuevas artificiales decoradas con pintura roja, negra y blanca, formando distintas combinaciones: zócalo rojo con resto de paredes y techo negros; lo mismo pero con puntos blancos sobre el negro; antropomorfos, formas geométricas combinadas, como en la Cueva Pintada de Gáldar, interpretadas como emblemas familiares, y otras.